A sus 80 años, el montañista ecuatoriano Marco Cruz ha coronado más de mil veces el volcán Chimborazo, considerado el punto más cercano al sol. En esta entrevista reflexiona sobre el cambio climático, la pérdida de glaciares en América Latina y el sentido espiritual de la montaña.
El Chimborazo es el punto más cercano al sol y la montaña más alta de Ecuador. Para Marco Cruz, ¿qué representa el Chimborazo?
También es el más cercano a las estrellas y, si cree en Dios, subir a la cima es estar más cerca de Dios. Más allá de la cosa romántica e ideológica, el Chimborazo ha sido una inspiración. Gracias a esta montaña, he podido viajar por todo el mundo y me abrió la puerta a otros horizontes. Yo era de una familia de escasos recursos, entonces no pude estudiar una carrera universitaria, pero a través de la montaña tuve la gran suerte de formarme. Así aprendí geografía, geología, etnografía, arqueología e historia. Cuando estoy guiando, en la tarde, me digo a mí mismo: qué maravilla haber hecho esto. Yo hubiera pagado para hacer este trabajo. Eso me ha dado el Chimborazo.
¿En qué momento supo que dedicaría su vida a la montaña?
Desde la primera vez que subí. Cuando era niño, en Ecuador era casi completamente desconocida esta actividad. En Riobamba estábamos rodeados de montañas, la presencia del Chimborazo era cotidiana, lo veíamos desde todas las calles y plazas, pero a nadie se le ocurría ir. Hasta esa primera vez, no sabía lo que era la nieve, esa sensación de soledad y, sobre todo, de estar sobre las nubes. Después, tuve la suerte de seguir acercándome a la montaña con los padres salesianos, que eran mis vecinos. Mi papá era fotógrafo y les enseñaba a revelar las fotos de sus excursiones. Yo siempre les chantajeaba. Les decía que mi padre les iba a ayudar, solo si es que me llevaban a la montaña. Así, a los 13 años subí a la cumbre del Chimborazo. Fue un hito en mi vida, de mi familia y de toda la ciudad de Riobamba. Un guambra [muchachito] de la calle había subido al Chimborazo. Desde ese momento, quise vivir de la montaña.

¿Cómo ha cambiado la experiencia desde esa primera ascensión, hace 70 años?
El montañismo ha cambiado mucho, desgraciadamente. Cuando yo lo aprendí, era una actividad muy espiritual, muy personal, el deporte del silencio, el deporte sin aplausos. Ahora, incluso escalar es una competencia olímpica. Ha cambiado la filosofía de la montaña. Uno dice ufanamente “conquisté tal montaña o conquisté el Chimborazo o el Everest”, pero no se conquista a la montaña, solo nos permite estar unos momentos ahí. Antes, la lucha era con el miedo y con las limitaciones que uno tiene como humano. Además de los de tu casa, nadie más sabía que estabas en la montaña. Ahora, antes de subir, todos ya están presumiendo que van a ir a una cumbre. Hay mucha vanidad con estas manifestaciones públicas en la montaña. Antes era lo contrario: silencioso, para uno mismo.
¿La montaña es parte de una cultura de la vanidad?
A veces, tenemos ese gran pecado de fantasear que somos el rey del universo y solo somos un pequeño granito de arena que estamos al vaivén del viento. A la montaña hay que ir con humildad, con respeto, como si se tratara de un templo, de algo sagrado, de una naturaleza virgen, de una naturaleza intocada. Ya casi no hay sitios que no estén profanados por el hombre.
¿Las cimas ya no son sitios sagrados?
Mire el ejemplo del Everest. Esa multitud de gente que sube sin respeto para tomarse la foto, como si fuese una atracción de Disneyworld. Eso pasa a veces en el Chimborazo. Un día bajando del campamento me senté a llorar escuchando la bulla y viendo la profanación de ese santuario. Yo encontré, hace unos 50 años, de forma casual, un santuario andino de altura construido por los Incas en el Chimborazo, donde realizaban un ritual llamado Capacocha. Ahora imagínese llegar con carros, parlantes, motos. Es realmente una profanación. Es importante que la gente venga a conocer, pero de forma ordenada y respetuosa y que se den cuenta que, si no cambiamos, vamos a acabar con los glaciares, que ya están heridos de muerte.
¿Cómo son esas heridas de muerte?
Si me pregunta de qué color era el hielo, yo decía que era negro, gris, azulado o incluso rosado. Variaba de acuerdo a la hora del día o del lugar. Era una maravilla, pero ahora hay muchas partes sin hielo. Ver solo la roca afectada, erosionada, los arenales secos, da mucha pena. También es peligroso. No solo se derritió el glaciar, sino el permafrost, que es el hielo antiguo, compacto, que une todas las rocas. En el Chimborazo, se han formado lagunas inestables que se rompen y han producido grandes avenidas de lodo. Dos veces han llegado a la carretera, pero muy poca gente se preocupa de las causas de las avalanchas o de dónde bajan las piedras.
Este año, el Carihuairazo se convirtió en el primer glaciar extinto en este siglo en Ecuador. ¿La muerte de los glaciares nos deja algún aprendizaje?
Lo que pasó en el Carihuairazo es un aviso de lo que va a pasar en el futuro. Va a pasar más pronto, si no cuidamos el planeta. Ojalá su extinción sirva para generar conciencia de que, como el Carihuairazo, van a sufrir las otras seis montañas que tienen glaciar en Ecuador. Por los glaciares ya no hay mucho que hacer, pero hay que hacer algo antes de quedarnos también sin la selva, sin los bosques, sin los páramos.
Fuente: Artículo original por Isabel Alarcón en Elpais.com
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